He decidido reemplazar los nombres reales por otros ficticios, supongo que con algún motivo razonable. El cambio se hará efectivo en los posts anteriores también.
A la mañana siguiente partimos temprano con Palena a hacer dedo a la ruta, camino a Iruya. Estefan y otras dos chicas irían en bus, pues tenían apenas 15 días de vacaciones, y por tanto sin tiempo que perder haciendo dedo. Un par de horas después nos levantaron unos suizos en una casa rodante espectacular, que nos dejaron en el cruce a Iruya. Un par de autos más y llegamos a destino, tipo 15:00. Justo donde nos dejó el último auto vimos a Estefan y las chicas, listos para ir a la caminata a San Isidro, un pequeño pueblito a tres horas de caminata de Iruya, y uno de los destinos imperdibles del lugar, no por el pueblito mismo, sino por el camino que hay que hacer para llegar a él.
Me dejé atrapar un poco por el ritmo frenético del viaje de los apurados. Quizá por mi hubiera hecho noche en Iruya y al día siguiente ir temprano a San Isidro, y no estar apresurado sin motivo. Pero bueno, la cosa es que partimos a caminar. No voy a gastarme ya en describir paisajes alucinantes y embobantes, los chicos igual sacaron un montón de fotos, capaz que por ahí subo alguna.
Cumplí mi natural rol de Alfa al guiar al grupo, encontrar los mejores lugares para saltar mil veces el río, el camino por la montaña, espantar a los burros que no dejaban pasar, etcétera. Llegamos muertos de cansados a San Isidro, y como ya se iba a oscurecer, solo tomamos unos mates y comimos empanadas antes de empezar el inevitable camino de vuelta. Otra vez, caí en el apresuramiento grupal, sólo podría haber hecho noche ahí.
La vuelta fue un poco más accidentada. Se hizo de noche, y dos de las chicas se lastimaron saltando cruces de río. De hecho, una no pudo seguir caminando, y tuve que llevarla el tramo final a caballito con un esfuerzo enorme, y una similar demostración de testosterona. Bien fútil de todas formas, pues con Palena todo bien, pero creo que estoy bastante seguro de que onda no hay. O sea, hay buena onda, pero no onda. De todas formas me la jugaría una última vez, a ver qué pasa.
Dormimos todos en el mismo hostal, y a la mañana siguiente me levanté temprano para no tener que tolerar más al hablador del Estefan, y salí a buscar otro lugar donde quedarme, donde estuvieran el Feña y la Perla, que me habían dicho que pagaban menos. Los encontré finalmente al otro lado del río, preguntando por una pareja y su hijita. Se estaban yendo a La Quiaca, pero desayunamos y resolvieron quedarse un día más.
Iruya es un pueblo hermoso, construido directamente en la ladera de los cerros. Como una especie de San Pedro de Atacama mezclado con Valparaíso. Hacia cualquier parte que mires hay una vista hermosa de las curiosas y erosionadas montañas, con gigantescas grietas verticales y variados colores.
Caminamos un rato, almorzamos, y la tarde Palena me envía un whatsapp para que nos tomemos el vino que había quedado de la noche anterior. Listo, pensé, ahora me la juego, no pierdo nada. Nos juntamos y me contó que la había mordido un perro, por suerte no había sido grave. Al par de minutos trato de darle un beso, pero me esquivó olímpicamente. -Hey, ni lerdo ni perezoso, chileno. -Mejor pedir perdón que permiso, tú misma lo dices.
Ya sin tensión alguna, nos terminamos el vino y comimos empanadas conversando animadamente de variados temas de la vida. Resultó estar bastante loca, así que estuvo bien que no pasara nada (o de eso se convencía mi cerebro en su autodefensa, qué agrado). Me fui como a la medianoche, y de vuelta en el hostal estaban todos voladísimos, así que me convidaron, por fin cogollos y no prensado de mierda, y nos quedamos tocando y cantando.
A la mañana siguiente partiríamos a La Quiaca, y de ahí al fin a Bolivia.